Conversaciones: El yugoslavo, el dominicano y el neoyorquino


Las VegasRealidad.
Las Vegas.
Entre 27 de abril y 1 de mayo

El taxista yugoslavo
Boris tiene unos 65 años y a pesar de -como cuenta- tener 15 años viviendo en Las Vegas, su acento al hablar inglés es marcadísimo. Sin embargo, al referirse a su casa fuera de casa dice sin chistar “Las Vegas is home”.

Cuando le preguntas a Boris dónde nació dice “Yugoslavia”, el extinto país del bloque comunista europeo: “Yo no recuerdo a otro país que no sea Yugoslavia, por eso no puedo decir que soy de Serbia porque para mí Serbia sigue siendo una región. Yo soy de Yugoslavia”.

Según Boris, quien conduce un taxi entre los hoteles del famoso strip de Las Vegas, su salida tuvo motivaciones más allá del disgusto hacia el sistema de gobierno y la economía.

“Yo era campeón de karate y era muy bueno. El gobierno me ayudaba en todo y vivía muy bien. Pero un día me lesioné la mano”, dice mientras aprovecha la luz roja del semáforo para mostrarme el lado izquierdo de su muñeca derecha. “Ya no pude hacer nada, no sabía otra cosa y nadie me ayudaba. Hasta que me fui”.

Boris dice que se siente muy mal por algunos países neo-comunistas. Sin entrar en detalles advierte que “si las cosas se ponen allá como eran en Yugoslavia hay gente que sufrirá mucho. Si estás con los gobiernos la pasas mejor que nadie, pero si estás en contra sufres”.

Al llegar le agradezco a Boris su instructiva conversación con una propina decente. El ruso alto y regordete se despide y me da la bendición: “God bless you my son…”

Manny el que atiende en el baño
Es muy eficiente este pana. Aún no terminas de lavarte las manos y ya te tiene dos servilletas para que te seques… “¿Quiere un cigarrillo señor? ¿Quiere perfume? Mira, aquí tengo chicles”.

Manny está en sus 40 y medios y es el personaje que te ayuda dentro del baño de la discoteca Studio54 del MGM Grand de Las Vegas. Dice que es de Santo Domingo. Ya lo he visto unas cinco veces en cinco años y mantiene ese trabajo que, para muchos, podría parecer incómodo. ¿Y por qué será?

“Yo no cambio este trabajo por nada. Es muy cómodo, la gente a veces deja propinas muy buenas y me tratan bien”, dice mientras se mueve rápidamente para atender a los demás. “Mira, si yo hasta me voy de vacaciones pa’ mi país casi todos los años y me quedo en los resorts esos bien grandes y bonitos que hay allá. Yo estoy tranquilo y por lo menos no me toca limpiar esto, ese sí es un trabajo difícil… ¿Tú sabes cómo termina esto cada noche muchacho? ¡No!”

George el bombero neoyorquino
Parece un duende viejo, es un señor de rostro particularmente divertido y está entradito en sus 60. Su piel es roja, quemada por el sol y lleva barba y cabello blancos. Anda con un jovencito como de 27 años quien aclara no es su hijo sino su pana. “Me gusta tener amigos de todas las edades, creo que hablando uno con la gente joven aprende”, dice George sentado en una barra del descomunal hotel Aria.

“Soy de New Jersey pero vivía en Nueva York y me cansé de aquello. Me retiré temprano gracias a esto”, cuenta mientras muestra una placa o chapa del cuerpo de bomberos neoyorquino. “Y aquí en Las Vegas tengo unos 10 años ya. Vivo una vida muy relajada, vengo a las barras casi todos los días, me bebo par de cervezas, me fumo unos cigarrillos, apuesto en lo que se me antoje y no le debo nada a nadie. Mi casa está pagada, nunca tuve hijos y así soy feliz”.

George es aficionado de los deportes pero admite molestia por las diferencias del antes y el ahora.

“No entiendo qué pasó con los ‘heavyweights’. Todo se acabó con Mike Tyson. Es una pena”.

“Era fanático de los Dodgers y se los llevaron a Los Ángeles. No tiene nada que ver ese equipo allá, ni siquiera el nombre les pertenece. En casa tengo una pelota firmada por Jackie Robinson. Nunca la voy a vender ni regalar, es mi testigo fiel de que alguna vez hubo peloteros que jugaban con todo de verdad sin importar el dinero”.

Entre palabras le digo a George que siempre he sentido muchísima admiración por los bomberos, policías, maestros y enfermeras o paramédicos. No es primera vez que se lo digo a alguien y la reacción tiende a ser la misma. Estos héroes no lo asumen así, no entienden muy bien por qué la gente los admira tanto. “Es que es nuestro trabajo y hay que hacerlo, punto”.

Cuando termina el partido de baloncesto George se queja porque ganaron los Lakers y gruñe: “Le había apostado a Oklahoma, otro día será…”.

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