El aromático y fétido mundo de Carlitos


Ficción
11 mayo 2010

Luego de dormir su siesta entre seis y ocho de la noche Carlitos no pudo pararse del mueble viejo aquél. Era el mismo mueble en el que bajo un calor intolerable su madre lo había traído al mundo 35 años antes. A estas alturas, como todo el entorno de Carlitos, el mueble estaba roto, roído, mordido de perro, manchado, orinado, vomitado.

Carlitos era el único que le tenía afecto a “la mierda esa” como se refería la tía Lucrecia al apestoso mueble.

“A veces no sé si es conmigo o con el mueble”, era el pensamiento recurrente en la mente de Carlitos cada vez que la tía soltaba sus sonoros vituperios.

La madre de Carlitos murió unos dos días después de tenerlo. Era el séptimo vástago de Doña Graciela, a pesar de que los médicos le habían advertido a “la vieja” que parara de traer gente al mundo cuando cumplió 45. Pero a ella eso le entraba por un oído y le salía por el otro. “Si Dios quiere que sigan viniendo, pues que vengan”, decía la flácida y obesa mujer que también había sufrido dos pérdidas.

Carlitos era diferente. Muchos en el pueblo de Mequetando decían que no era normal. A él eso le daba risa, una risa que nadie veía.

Carlitos entró a la escuela y con apenas cuatro años y medio ya leía, sumaba, restaba y multiplicaba. Cantaba como aquellos castrados italianos y era el consentido prodigio del jardín de infancia de Mequetando. Pero por alguna razón Carlitos no hablaba. Nunca habló. Cuando cantaba de hecho, no respetaba las palabras, balbuceaba y seguía las notas con sus impresionantes alaridos. Pero nunca habló.

“¡Ese muchacho lo que es, es mudo!”; “¡Ese niño lo que está es loquito!”, eran las voces de las viejas chismosas del pueblo de 237 habitantes humanos, siete perros y cinco gatos.

Pero a Carlitos eso no le importaba. Su conexión con la vida era diferente. Su felicidad estaba en los aromas. A los cuatro y 9 meses no fue más a la escuela y la tía Lucrecia no le insistió más cuando de un mordisco le sacó sangre en la mano izquierda, la de la artritis. Se internó en la cueva por casa que le dejó su madre. Una casa de bahareque de un solo cuarto, un baño prehistórico en el patio trasero, un hueco en la tierra la verdad, y aquel mueble.

Carlitos, dentro del delirio natural de los humanos por alguna cosa, se perdía, diseccionaba, conversaba y hasta volaba en torno a lo que su olfato le sugería.

El mundo exterior le daba miedo a Carlitos. Su mundo era aquel mueble al que llevaba fragmentos de lo que encontraba en sus pocas vueltas por ahí. Vueltas que nadie en el pueblo nunca supo cuando fueron. Nadie humano, ni tampoco los siete perros ni los cinco gatos. Un tallo, una hoja, tierra, agua del río, un ratón muerto, una flor, baba de cerdo, moco de pavo, ropa interior femenina, interiores masculinos… Cualquier estimulante aromático tenía un espacio en el universo de Carlitos y su mueble.

Carlitos frotaba un poco de lo que fuese en algún par de centímetros cuadrados del mueble y luego aspiraba. Y ahí se iba de viaje… El aroma del tallo le proyectaba en la mente el crecimiento de la planta desde cosa minúscula hasta gran árbol, luego florecía, los frutos y al final terminado cual palo víctima del invierno; el agua del río lo llevaba por un caudal rapidísimo en el que se sentía pez y terminaba nadando con los grandes cardúmenes del océano que jamás conoció; el ratón muerto y las pestilencias lo llevaban hasta los lúgubres tugurios en los que su madre trabajó y que tampoco jamás conoció. Cada aroma eran travesías que en su mente ocupaban décadas, vidas enteras y en la vida real unas cuantas horas.

Con un aroma o un hedor, Carlitos armaba su universo, se inventaba historias que compartía con él mismo. La tía Lucrecia venía una vez por semana “a ver si sigue vivo”. Nadie en el pueblo se acercaba a la casa de bahareque y mucho menos se sabía qué comía o como hacía para sobrevivir “El Loco Carlitos” a pesar de su contextura esquelética.

Sus seis hermanos se perdieron del caliente, árido y húmedo Mequetando, algunos a la ciudad, otros y otras quién sabe…

Y allá, bajo el sopor y las cortinas de zancudos, pero dentro de la facilidad que tienen algunos para hallar momentos felices dentro de lo más simple, un perfume y una hediondez le bastaban a Carlitos para tener su vida hecha.

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