No corras, te ven desde un avión


Realidad
Miami – Tampa
28 mayo 2010

La I-75 es la autopista que une al Sureste de Florida con el Suroeste. La extensión más larga de “la 75”, como le decimos en español, se llama ‘Alligator Alley’, algo así como ‘el callejón de los cocodrilos’ y consta de más de 200 millas (320 km.). Si hay una palabra en el diccionario castellano que define al ‘Alley’ con precisión sencilla y sin necesidad de mencionar parásitos anopluros, tiene que ser: fastidiosa.

Durante casi toda la ruta, siempre en línea recta y sin altos ni bajos, el Alligator Alley tiene pantanos a sus dos lados. Estos están separados de la vía por cercas, instaladas para evitar que algunos miembros de la súper población cocodrilera se paseen por donde se supone sólo lo hagan vehículos automotores.

El tedio que produce esta vía tiende a generar una reacción en los conductores. Entra un incontrolable deseo de acelerar los vehículos e irrespetar el límite de las 70 millas por hora. Algunas explicaciones son lógicas: “¡quería llegar yaaaaaaa! ¡qué sssstidioooo”, otras no tanto: “me pesaba el pie”.

Al aislar a los cocodrilos con el cercado y quedar los conductores aburridos en estado vulnerable, pulula por la I-75 otro tipo de cazador. Es uno un tanto más evolucionado, el temible Florida State Trooper. El predador transita en autos color negro con beige, algunos portan sombreros y algunas de sus patrullas tienen luces encima. Los Troopers atacan solos o en manada, pero cual sea el caso rara vez son infalibles. De que te ponen una multa te la ponen.

Cuando un Trooper, o patrullero de camino, te pone el ojo encima tu presupuesto familiar tiembla.

—-

La conversación fluía con una facilidad que recientemente estaba ausente. Mi hermano Juan y yo usamos un viaje a Tampa como una excusa perfecta para reencontrarnos en algo que hacíamos con frecuencia: Hablar.

Los males del trabajo, la familia, las pérdidas recientes, la comida, los sueños, mi hijo, su sobrino, las esposas, los amigos que se vuelven locos y lo dejan todo. Ningún tema muy pequeño, ningún tema muy grande. En esta conversa todo cabía.

“¡Mosca ahí con esas patrullas!”, interrumpe y exclama Juan al divisar las luces de alerta a una media milla (800 metros). “Con la nueva ley, cada vez que veas una patrulla en la orilla tienes que moverte al otro canal o bajar la velocidad”.

Alligator AlleyAsí se hizo pero vino lo inesperado. Del lado derecho de la autopista saltó una cosa negra y quedó detrás de mi Dodge Caravan color naranja pegada cual imán. Luces prendidas, alerta de detenerse…

“Chamo ¿a cuánto venías?”, la pregunta de mi hermano y yo: “No sé, pero no pasé muy rápido”.

Una vez en la orilla de “la 75”, se acerca el patrullero por el lado del copiloto, da las buenas tardes y con la misma decencia dice: “Ibas a 87 millas por hora en una vía de 70 y te captó un avión”.

Mi reacción fue casi simultánea a la de mi hermano: “AH WHAT? ¿un avión?”.

“Sí, el avión mide desde arriba y nos dice por donde vas y cuando pasas por acá te paramos”, explicaba el Trooper. “Es un sistema casi infalible. Los policías te miden con un cronómetro desde el avión y calculan de acuerdo a una distancia recorrida. No hay detector de radares que valga en estos casos. A nosotros aquí abajo sólo nos resta dar las malas noticias”.

El oficial regresa a su patrulla con mi licencia y registro de propiedad de la camioneta, no sin antes recordarme -con mucha decencia- que me va a escribir un ticket, o sea, una citación a una corte que realmente se convierte en una multa. Rara vez va nadie a corte a discutir con los patrulleros, la gente paga sus multas o le dan plata a un abogado para que resuelva.

Durante unos 30 minutos estuvo el patrullero dentro de su auto. Treinta minutos que sirvieron para aprender que mi hermano Juan, aún con unos 20 años viviendo por estos lares y un record de manejo tan sucio como las playas de Key Biscayne, desconocía la presencia de objetos voladores pillando excesos de velocidad.

En 10 años en Estados Unidos he vivido en tres estados: Florida, Connecticut y Virginia. En cada uno de ellos y en unos cinco más he jugado el lotto y nunca he pegado más de dos números. La única vez que atiné tres números fue con un ticket sellado con dígitos sugeridos por mi madre. Ganamos cinco dólares.

Aún así, jugar el lotto me emociona. Cualquier juego con dinero me emociona, la verdad, pero he de confesar que no soy jugador asiduo y mucho menos desde que nació mi hijo. Siento que cada dólar que pierdo en esos juegos es dinero que él deja de tener.

“¿Sabes de qué se trata tener buenos y malos días?”, pregunta el patrullero y mientras suelto un “yes” entre dientes asiento con la cabeza. “Pues Sergio, hoy has tenido un buen día. Mi computadora se trancó, no me deja ingresar la velocidad a la que ibas y voy a tener que dejarte ir. Tu multa hubiese costado $279. Creo que debes jugar el lotto hoy hijo, por favor no vayas tan rápido”.

En mi bolsillo reposan ahora tres tickets del Florida Lotto y si llego a ganar buscaré al oficial Crouch.

Traducción de Crouch, según el diccionario ‘WordReference.com’: [verbo intransitivo] agacharse, ponerse en cuclillas.

¿Será que pasé agachao’?

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One response to “No corras, te ven desde un avión

  1. marinesita

    ¡demasiado bueno! ¡me hiciste reír un montón 😀

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