Extrañando la Caimanera del 24


sergio machado pitcherNunca prolongué mucho el sueño ese de ser pelotero profesional. No servía de mucho cuando desde la escuelita, o ‘compotica’ me daba cuenta de que los demás eran mejores que yo.

Siempre estaba en el medio, no era patéticamente ‘maleta’ pero tampoco era una estrella. Hubo episodios en demasía tristes, como cuando en Felinos me dieron el número 117 en preparatorio, indicativo evidente para mi padre de que no me tomaban en cuenta. Pero también hubo momentos gloriosos como los años en Torres de Petare, donde hasta el peor tenía chance de jugar y aprender

Siempre supe que no iba más allá de la pelotica organizada que Criollitos de Venezuela daba chance de jugar.

Pero esos sueños quedan por ahí escondidos en algún lado recóndito de la memoria. En alguna esquina.

No recuerdo en qué año fue, pero mi primera Caimanera de la Prensa fue inolvidable. Fue en el estadio de beisbol de La Rinconada. El tema era el mismo que se mantiene hasta hoy: Periodistas contra Ex Peloteros, pero a diferencia de las de softbol que se juegan ahora, aquellas eran con pelota dura, puro beisbol.

Me tocó lanzar en el primer juego y no recuerdo haber tirado tantas bolas seguidas en mi vida como pitcher como en aquella mañana. De hecho, en las ligas que jugaba el problema era siempre el contrario, lanzaba demasiado por el medio y me caían a palos. Pero bases por bolas, no tanto. ¿Nervios? ¡Pero claroooooo!

¿Saben lo que era tener que pitchearle a ‘Vitico’ Davalillo ahí a 90 pies y gritándote insultos desde el home pa’ que la pusieras por ahí? Eso en aquel momento era demasiado, los strikes desaparecían.

Ramón Corro, el brillante director detrás de las caimaneras salió a la lomita y me regañó: “¡¿Qué pasa cagajón tú no sabes lanzar strikes ahora?! ¡Tira esa vaina por ahí que esto es pa’ divertirse! ¿Estás cagao’?”

A la última pregunta respondí que no. Sin embargo, alrededor de 15 años después no me cuesta admitir que había muuuuchoooo nervio en este brazo derecho.

Fui a varias caimaneras y en más o menos tres de dos el resultado fue el mismo. Hubo otra en el estadio Universitario y estar en el mismo centro del diamante en el que había lanzado gente como Luis Mercedes Sánchez, Urbano Lugo o Pablo Torrealba me resonaba en contra de la confianza. Demasiada historia y yo, un aspirante a periodista deportivo, en ese mismo epicentro.

Héctor Cordido, Julio César Tovar y Sergio Machado

Pero no todo era drama. Lo bueno es que se gozaba más de lo que se sufría. Cervecitas frías en cada dugout, música durante todo el rato, buenos amigos para saludar y el arranque ideal para cada Navidad… Llegaba uno a casa encendido, una sopita, una hallaquita y a seguir el fiestón.

Esta noche quisiera estar sacándole las telarañas al guante y los zapatos para lanzarme a La Guairita a jugar pelota con los grandes de otra época y con los panas del medio en unas horas.

Son simples líneas para desahogar la frustración de no poder estar en una de las costumbres que más extraño del país en que nací y crecí…

¡Play Ball y pásenla bien!

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