Todo por llegar a New York… Bus chino (2 de 3)


washington new york bus chinatownEscrito originalmente el 2 de diciembre de 2004
Segunda entrega de tres

Realidad / Crónica

Los asientos no eran incómodos, pero si arbitrarios. Hacían lo que les daba la gana. Los que estaban reclinados no retornaban y los derechos, no cedían. Pero después de tanto; tanto frío, tanta hambre, tanto correteo y tanto lidiar con aquel chino de la oficina, Johana, Elsie, Marinés y Sergio íbamos a Nueva York empotrados en las butacas anárquicas del ‘autobús de los chinos de dicí’. Más cerca de allá, en otro autobús, en otra guagua, en puestos regados y separados, viajaban Aída, Arnaldo, Ingrid e Ian.

Este autobús tenía baño y más que una bendición o ventaja, se tornó en desgracia. Al parecer, el desagüe no servía, o no existía, o nada. Pestilencia, hediondez, fetidez, tufo ¡ay fo! ¡Coño sí fo! Cada vez que la puertecita abríase o cerrábase el halo de orín rancio arropaba a los de la parte posterior. Ahí viajábamos nosotros.

Por primera vez en el año hubo alegría por el cambio de verano a otoño. Y es que a más de uno se le había fastidiado la nariz, por lo que tal vez sólo percibíamos la mitad o menos de aquellos efluvios úricos.

Aún con restos de la falta de sueño y la resaca de la noche de Acción de Gracias, era necesario buscar dormir. A como diera lugar, ya qué carajo. Al principio, principio que duró tal vez menos de 10 minutos, se pudo. Pero la paz terminó cuando se escuchó el primer ¡ring! ¡ring! ¡ti qui ti qui! ¡ring!

Voz grave, penetrante y escandalosa, fastidiosa, detestable… ¡Su puta madre el de esa voz!:

“Jabibi, abdul kabal, jahmed falafel shawarma, baklavá, jarabe mansur arafat rustu mustafá mohamed”…

“¿Y éste pensará ir hablando así todo el viaje?”

“Je je je je… Uuuuh… Savá, jahmed ubdul javé tuh uh uh… Na am, Na am…”

En el mismo plan y durante las cinco horas que duraría el viaje, nuestro vecino del Medio Oriente, árabe, marroquí, saudita, qatarí, o quién sabe de dónde, habló con la novia, la esposa, el novio, el esposo, la mamá, el papá, la tía, los sobrinos, el socio, el corredor de bolsa, el corredor de caballos, el correcaminos, el del negocio de Gyros, el del restaurant, con Yaser Arafat, con Osama bin Laden, con Saddam Hussein, con la OTAN, con Bush, con la ONU, con ‘Condoliza’ Rice y con la misma facilidad con que le daba al botón de ‘END’ le daba al de ‘TALK’.

Las miradas de cañón, las quejas en español y los suspiros tal vez lo motivaron más. Moreno, casi oscuro, calvo, con la cara y frente brillantes y una pelusita por pelo. Alto, como de un metro ochenta, con unos lentecitos de montura dorada de esos que llaman ‘de intelectual’ y arropado con un sweater de colores sobre fondo beige y una chamarra de cuero. Se dejaba caer en su asiento, con las piernas pegadas a la parte posterior del asiento de enfrente (el mío) y seguía.

“Aaaaaah, ja ja ja… jo jo jo, je je je… Jabibi shulefaz dahmed ali-babá lavó e lavá… uten ta jodielá. Taboule, rahim-rahar, jajajajajajá”.

“¡Su madre! ¡Nojoda! ¡Qué ladilla! ¡Qué cojones!”

“Marhaba, Sabih El Khair, Masa El khair… assalam alaik oom, kaif al hal? Ma assalama alah, min fadlak… Na am! La la la la la la”.

Al final sucede como con cualquier ruido constante, termina uno por adaptarse tres horas más tarde y concilia el sueño. Sueño de autobús, sueño entrecortado, sueño movido, incómodo e incompleto.

¡Mira! ¡Ese es el aeropuerto de Newark! ¡Estamos llegando!

chinatown busesEl anuncio produjo a la vez emoción y alivio para los cuatro, para Marinés, Johanna, Elsie y Sergio. Nos creíamos ya cerca de la ‘Manzanota’ y de algún modo recuperábamos la libertad. Nueva York es Nueva York y eso lo cura todo. Tanto para hacer, tanto para ver, tanto para caminar, tanto para tanto y tan poco tiempo…

Llegamos al barrio chino, el ‘Chinatown’, uno de esos lugares casi imposibles de describir. Se creen posibles sólo con verlos. Siempre faltarán fotos, palabras o imágenes, no hay manera. Es como Nueva York mismo: Enorme, complejo, acelerado, difícil y sobre poblado; individualista, incomprensible y a veces antipático.

‘Chinatown’ es como un jugo de frutas concentrado, es un lugar que tiene tres densidades. Una suave, light, frecuentada por los turistas emperifollados que bajan de esos autobuses bastante más lujosos que el nuestro; hay otra intermedia, fronteriza, que sirve de antesala a la más concentrada, la que más sabe a China, esa en la que caímos nosotros al bajar del bus.

Locales comerciales apilados uno al lado del otro. Tienditas de metro y medio de ancho y con personal de una sola persona, con el espacio necesario para acomodar un estante que es al mismo tiempo vidriera y mesa para firmar recibos de crédito y cheques. Restaurantes de todos tamaños, más restaurantes chinos, dos más en una esquinita, uno en un segundo piso.

Cientos de personas brincan de la nada para vender viajes en autobuses, en guaguas hacia Washington, Baltimore, Richmond, Filadelfia, Hartford. La escena es como quien entra a una toma fílmica desde todos los ángulos posibles: “Washinton Licí”, “Bóltimol”, “Lichmon”, “Jalfol”.

Buscamos entonces el metro, el famoso ‘subway’. La dirección fue explicada claramente.

“Perdón, señora, um, eh… ¿Por dónde nos queda la estación más cercana?”

La señora no habla, sentada encima de una especie de caja, gira su cabeza a la izquierda y en un ritmo incoherentemente parsimonioso y estresante a la vez, levanta la mano y señala hacia la izquierda. Su dedo atina una calle y con la misma velocidad mano, cuello y todo vuelve a su posición original.

¿Vamos no? Todavía es de día, son menos de las 6:00, hay que aprovechar.

Si llegaste hasta aquí no puedes perderte la tercera parte: El hotel tampoco fue mejor…

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