Mi mamá también se merece un Salón de la Fama


mamaEn una calle suburbana en algún lugar de Estados Unidos tres niñitos corren felices a abrazar a su papá quien, como evidencian su maletín ejecutivo y su atuendo, recién llega del trabajo. La emoción de los tres pequeños, dos varones y una hembra de entre 5 y 8 años, es única.

La escena se repite todos los días. De lunes a viernes. La tónica nunca cambia.

Los padres por lo general salen en las mañanas y regresan en las noches. Mi papá se iba en abril y volvía en octubre.

Desde 1960, mucho antes de mi hermano y yo nacer, ya José Machado había decidido el que sería su modus vivendi. Llegó a Nueva York aquel otoño para cubrir la Serie Mundial entre Piratas de Pittsburgh y Yankees de Nueva York y en realidad nunca se fue.

Inventaba papá cada año un nuevo negocio, otra aventura, un aporte más de esa vida tan pionera y se mantenía más y más tiempo en la mejor ciudad del mundo y al lado de su pasión, el beisbol. En medio de aquello conoció José a Bárbara y poquito después decidieron hacer vida juntos.

Para mamá no había sorpresas, ya aquello de “El Periodista Viajero” comenzaba a tomar cada vez más forma. Pero las mujeres buenas son así, son de asumir retos y hacerlo con una gran sonrisa.

Como suele suceder entre quienes se quieren llegaron los hijos. Y así, con hijos y todo, decidieron los viejos hacer la vida entre dos países; compartir entre Caracas y Nueva York, vivir entre Venezuela y Estados Unidos.

Mi papá siempre fue magnífico en hacerse presente así no estuviese dentro de la casa. La verdad jamás sentí que estuviese ausente o que se fuera por meses… ¡Hacían magia estos dos!

Tenía detalles magistrales Don Juan Vené, como aquello de despedir sus transmisiones soltando con su divertida voz: “Y pórtense… ¡Lo mejor que puedan!”, palabras muy suspicazmente dirigidas a sus muchachos.

Todos esos artificios cariñosos, ese arte de prestidigitador en remoto, tenían en mi madre a su principal patrocinante. Era ella quien se quedaba en casa con nosotros desde cada abril hasta la pausa veraniega y luego otra vez hasta terminada de la Serie Mundial a finales de octubre.

Desde los pañales y pasando por graduaciones, enfermedades, trofeos, fracturas, buenas notas, reprobaciones, logros, caídas, alegrías, sustos, amores, desamores, carcajadas, llantos, amistades, peligros, crecimiento, tentaciones, rebeldías, accidentes, madurez, fue mamá quien se lo vivió a milímetros, fue ella quien lo respiró de cerca y todo siempre con la misma sonrisa y sin abandonar jamás esa fuerza protectora.

Fue así durante nuestra infancia. Sucedió igual durante nuestra niñez. No cambió a través de la adolescencia y así nos saludó la adultez.

Fue tan magistral el trabajo familiar y el afán por forjar y cuidar al hogar, que si pudiese regresar y pedir otra vida escogería esta misma. Eso gracias a los dos, es cierto, pero así como el viejo se sacrificó para darnos una vida extraordinaria y soñada por cualquiera, mi mamá también lo hizo y se fajó dentro de la casa. Es una heroína silenciosa, la compañera sin la cual para papá todo hubiera sido más cuesta arriba, la señora de la casa de San Bernardino en donde hoy deberíamos erigirle una estatua y hacerla también inmortal.

Nuestras despedidas de las mañanas al salir al colegio fueron casi todas con mi mamá y también las alegrías de los regresos en las tardes y las noches.

Mis padres lograron cosas increíbles y mi mamá es también, sin siquiera una pizca de duda, una Salón de la Fama.

Se merece eso y más…

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out /  Change )

Google photo

You are commenting using your Google account. Log Out /  Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out /  Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out /  Change )

Connecting to %s